Salimos
a mirar el cielo, a ver qué tiempo hace. Si el día es claro y
soleado les pinto un rotundo sol en la esquina superior izquierda de
la pizarra. Pero siempre trato de que no sea un sol cualquiera, sino
un sol innovador, simpático, diferente. Y como ellos ya conocen mis
tendencias y participan de ellas, empiezan a gritar con mucho énfasis
sus preferencias: "Pinta un sol pirata maestro, no, no, un sol
payaso, no, un sol pulpo, eso, eso, un sol pulpo..." y así
durante un buen rato me van haciendo sugerencias. Pero a mi, que me
gusta sorprenderles y jugar a imaginar con ellos, se me va formando
en la cabeza un inesperado y sorprendente "sol tomate". Y
en la esquina superior de la pizarra les pinto un rojo y orondo sol
tomate y ellos se quedan muy callados y sorprendidos. Y les cuento
que un día soñé que el buen sol se convertía en un gigantesco
tomate muy caliente, y que tanto calor no pudo resistir aquella
vegetal estrella y finalmente explotó o más bien reventó y se
produjo entonces una intensa y prolongada lluvia de jugo de tomate
que inundó las ciudades de la tierra y entomató a niños y adultos
y formó charcos de zumo de tomate en los que los niños chapoteaban
felices. Se quedan muy callados durante un par de segundos y luego
estallan las risas y los golpes en las mesas y el alboroto de pies
alocados machacando los imaginarios charcos de pulpa de tomate que se
han ido formando en el suelo de la clase. Dejar que mi imaginación
se mezcle y confabule con la de ellos es uno de mis mayores placeres.
La bitácora es la caja que contiene la brújula que orienta a los navegantes. Con estas palabras inicié este blog hace ya algunos años. Ahora ya no estoy en activo, ya no voy al "cole" ni vivo el milagro de convertirme en niño. No obstante seguiré publicando aquí recuerdos de vivencias escolares y otras "historias" personales, probablemente producto también de mi vida como maestro, pues todo lo que eres se apoya de alguna manera en lo que fuiste.
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martes, 6 de mayo de 2014
martes, 23 de abril de 2013
TRES EN UNO
Hace
unos días estuvimos visitando a unos familiares que residen en un
hermoso pueblo al sur de la provincia de Sevilla. A Pablo le gusta
mucho ser él quien llame al timbre, y sobre todo le gusta llamar
repetidas y continuadas veces, para que su tío acuda a abrir la
puerta simulando enfado y dando lugar a un juego espontáneo de
reproches, amenazas y bromas con el que ambos parecen pasarlo muy
bien. La última vez que estuvimos allí se repitieron éste y otros
rituales en los que participan con entusiasmo sus tíos y a veces
también sus primos. De nuevo su tío opuso "feroz"
resistencia al deseo de Pablo de poner en la tele alguno de los
canales que ofrecen dibujos animados, otra vez se enzarzó con su
primo mayor en luchas y competiciones que acaba él siempre ganando y
tuvo que esforzarse en contar a su tía cómo le iban las cosas en la
escuela, de qué se había disfrazado en los carnavales y por
supuesto volver a cantar la coplilla que su curso había interpretado
en el festival de chirigotas del colegio.
A
Pablo no le gusta mucho contestar preguntas, como le ocurre a muchos
niños, eso lo sé muy bien porque estoy acostumbrado a que las
madres me cuenten que sus hijos apenas mencionan cosas de la escuela,
y cuando les interpelan con la famosa pregunta "¿qué has hecho
hoy en el cole?, los chiquillos se quitan de encima la engorrosa
cuestión con el socorrido "no me acuerdo". Como digo son
muchos los niños que escapan como pueden de una situación en la que
se ven forzados a construir un relato oral coherente y organizado en
el espacio-tiempo, ejercicio que no es fácil para ellos a no ser que
les ayudemos con preguntas mucho más concretas que la genérica y
abstracta ¿qué has hecho en la escuela?. Sin embargo hay otros
niños que son muy charlatanes, que lo cuentan todo, que sienten un
especial placer expresando sus experiencias y todo aquello que sucede
su alrededor. Como en tantas otras cosas en este aspecto las
diferencias individuales convierten cada caso en un mundo.
Como
decía, a Pablo no le atrae demasiado la idea de responder preguntas,
de manera que una de las expresiones que más le hemos escuchado este
tiempo atrás era "así es la cosa". Oye, Pablo, por qué
has hecho tal o cual cosa, por qué dices esto o lo otro, qué
motivos tienes para hacer o no hacer esto que haces o dejas de
hacer... A ver, porque "así es la cosa". Así es la cosa y
punto, no se hablé más, dejadme ya tranquilo con esa necesidad
vuestra de explicarlo todo, yo no necesito explicaciones, yo no
necesito construcciones verbales para atrapar sentimientos o
experiencias, que ya de por sí son bastantes únicas, personales e
intransferibles, hasta los psicólogos últimamente intentan entender
eso, hasta la Psicología Evolutiva abre huecos a sus sólidas y
definidas etapas.
Muy
bien, aceptemos pues la vía que cada niños nos ofrece para
relacionarse con nosotros los adultos y con el mundo en general.
Aceptemos que "así es la cosa", o simplemente escuchemos
con atención su forma de enfrentar alguna de esas tontas y tópicas
preguntas que a veces nos obstinamos en hacerles, como la que le hizo
su tío a Pablo la última vez que fuimos a Montellano. Una vez que
este ya había jugado un buen rato con él convirtiéndose por unos
momentos en niño, no pudo evitar la tentación de volver a uno de
los más clásicos juegos que practicamos los mayores con los niños,
ese juego que consiste en enfundarnos el traje de adultos que todo lo
juzgamos y medimos para preguntarle al niño, serios y trascendentes:
a ver hijo, dime la verdad, a quién quieres más, ¿a tu padre o a
tu madre?. Silencio por parte de Pablo. Pero su tío insiste y repite
la pregunta varias veces. Finalmente Pablo deja de atender lo que
estaba viendo en ese momento en el televisor y se queda serio mirando
a su tío. No puedo responderte a esa pregunta. Sí que puedes, le
dice su tío, es muy fácil. No para mi, dice Pablo, porque mi padre,
mi madre y yo "somos tres en uno". Fantástica manera de
zanjar la cuestión, cuando las almas y los corazones de las personas
se unen formando un solo ser, las típicas y reiteradas mediciones de
los hombres dejan de tener sentido.
jueves, 11 de abril de 2013
ELOGIO DE LA MERIENDA
La
merienda, lo estoy viendo estas últimas tardes, puede ser una muy
buena ocasión, un feliz evento que los padres podemos aprovechar
para pasar unos buenos momentos junto a nuestros hijos. Tenía yo a
la merienda algo olvidada y apartada y me parece muy necesario
recuperarla. Empiezas por proponer a tu hijo merendar juntos, le
apartas de la televisión o lo que sea que esté haciendo, te sientas
junto a él y el primer paso sería decidir juntos qué vais a
merendar. Hay infinitas posibilidades y sobre todo hay muchas
opciones divertidas, la merienda se presta maravillosamente a la
imaginación y creatividad de pequeños y mayores. Se pueden colar
sin muchos problemas en la merienda sorpresas muy cautivadoras y
rompedoras, chucherías -porqué no- de impacto innovador y
agradable, como esos sobres a los que llaman "fresquitos",
que contienen una piruleta que se impregna de un fabuloso polvo
ácido y efervescente con sabor a fresa que a mi particularmente me
encanta. También hay fresquitos de otros sabores, limón, manzana,
cocacola...Lo bueno de todo esto es que no descartamos de ninguna
manera incluir en la merienda rodajas de fuel con pan, bocadillos de
jamón y aceite, un buen trozo de queso acompañado de unas uvas,
fruta, roscos caseros, buñuelos, donuts, chorizo con pan, una
porción de chocolate y cualquier cosa buena y alimenticia que se nos
ocurra. Puede que los expertos nutricionistas digan que esto se sale
de los cánones y que es muy heterodoxo, pero ellos hablan desde su
visión de expertos y yo hablo como padre con ganas de pasar un buen
rato con mi hijo y de divertirnos juntos y si me apuran crear
experiencias que serán punto de partida para otras cosas.
Preparar
la merienda juntos puede y debe ser otra fuente de satisfacciones y
seguramente de risas y algún que otro estropicio que nos nos tiene
que sacar ni mucho menos, de quicio. En ningún caso merendaremos con
la tele puesta, y sí que deberíamos buscar un entorno informal y
agradable, una terraza soleada, un patio con macetas, la alfombra del
cuarto sobre la que juega nuestro hijo, la misma cocina que tiene más
magia de la que imaginamos.
Y
ahora creo necesario decirles que cuando yo estudiaba bachillerato se
me atravesaron de muy mala manera las matemáticas. Mis padres me
buscaron unas clases particulares por las tardes. Y he aquí que a
las cinco en punto me presentaba yo en el domicilio del señor
Cardosa, un profesor delgado y alto que nunca me había resultado
simpático, no por su carácter sino por la aridez de la materia que
profesaba. Pero ocurrió un milagro. Yo estaba en la habitación
destinada al estudio esperándole y él apareció con su merienda
sobre una bandeja, un bocadillo de mortadela italiana que desprendía
un aroma irresistible y una humeante taza de café. Aquella tarde,
las matemáticas, por obra y gracia de la merienda, se me hicieron
más amables y familiares, quizás me tranquilizó mucho comprobar
que los profesores de matemáticas también meriendan.
miércoles, 20 de marzo de 2013
¡QUÉ MIEDO LA EME!
Con
especial cariño recuerdo los días en que tratábamos de entablar
conocimiento y amistad con la “eme”; todas las mañanas a vueltas
con la eme; la eme, presumida y vanidosa, tratando de enseñar a
bailar a las vocales, con cada una de ellas se disfraza de manera
diferente: con la “a” se viste de mamá, con la “u” de vaca y
dice “mu”, con la “e” se envalentona y llama “mema” a su
vecina “n”, pobre “n” siempre a rastras de la “m”, y qué
ingrata ésta haciéndole ver que sólo tiene dos patitas mientras
que ella tres; con la “i” se pone tierna y hace mimos a su primo,
con la “o” la muy tunanta asusta a los pequeños que no duermen
con su horripilante traje de “Momo”, ese espantoso monstruo al
que los niños que hoy somos adultos conocimos como “El Hombre del
Saco”.
Pero
el asombro general llegaba cuando yo les decía la película que iban
a poner aquella misma noche por televisión: “Agarraos fuerte que
lo escribo en la pizarra con espléndidas letras mayúsculas para
que todo el mundo lo entienda: MOMO Y LA MOMIA.”
¡Uhhh,
qué miedo la eme maestro!
jueves, 7 de marzo de 2013
COLORES COMPLEMENTARIOS
Se
puede decir sin faltar a la verdad, que Pablo y Gala se conocen desde
que nacieron; cuando él nació ella contaba siete meses, y a partir
de ahí comenzaron a forjar una relación construida sobre la
complicidad, la compenetración, la complementariedad y las
innumerables experiencias y momentos compartidos. Los dos nos han
dado numerosas pruebas de esta mágica complicidad que les une y
entrelaza sus almas de una forma que a sus mayores nos sorprende y
fascina. La última la tuve esta tarde, cuando la madre de Gala, mi
compañera y amiga Noelia, me contó que mientras su hija daba curso
a sus impulsos artísticos mediante pinturas, ceras, rotulas y otros
materiales (es muy creativa y artista, lo sé muy bien porque he sido
su maestro por dos años), le comentó que estaba mezclando los
colores tal como lo hacía el padre de su maestro Máximo; debo
explicar que hace unos días ella fue testigo de una conversación en
la que yo le relataba a mi compañera la fascinación que me causaba
ver a mi padre mezclar los colores sobre la paleta antes de llevarlos
al lienzo. Se ve que a ella también le fascinó esta escena que yo
contaba y esta tarde ha puesto en práctica ese antiguo placer que se
obtiene al mezclar colores y plasmar formas con absoluta libertad, un
placer del que ya disfrutaron los hombres primitivos, cuyos impulsos
espontáneos y sus explicaciones mágicas de los fenómenos naturales
tienen relación con la forma en que los niños entienden el mundo.
Gala
al mezclar colores apoyándose en el recuerdo de algo que escuchó y
la intrigó pone en funcionamiento mecanismos que empezaron a
forjarse en el alma de los hombres en el comienzo de los tiempos.
Pero
esta tarde no paró ahí la cosa, también dijo a Noelia que si la
madre de Pablo y yo no nos hubiéramos casado, de todas formas Pablo
y ella se hubieran conocido un verano en la playa de Conil, porque
habrían soñado el uno con el otro. Primero me tuve que reír con la
ocurrencia, pero luego reflexioné que lo que decía mi pequeña
Galiti, como la llamamos, era algo tan bello y puro que habría
dejado sin palabras a cualquiera de los ilustres e inmortales autores
del Romanticismo.
Se
lo dije a Pablo y él me dijo que Gala tenía unos sueños “medio
locos”. Así son ellos, cómplices y complementarios, ella tan
receptiva y activa, él tan fantasioso y soñador.
jueves, 14 de febrero de 2013
UN CHISPAZO DE INOCENCIA Y JÚBILO
Merendamos
unas gomitas en forma de ositos muy ricas y naturales según Pablo,
con sabor a zumos de fruta naturales. Antes yo le había sugerido que
podíamos merendar algo, y él dudó al principio, pensó un momento
y enseguida lo resolvió con esa propuesta de abrir un paquete de
“Ositos de oro”, de Haribo, golosina cuyo origen se remonta a
1922. Es notable la facilidad de los niños para descubrir cosas
buenas, cosas dulces, cosas en las que uno ya no piensa, pero que
producen un chispazo de inocencia y júbilo en tu vida.
Antes
de merendarnos las gomitas, Pablo andaba por toda la casa cabizbajo,
buscando a “Chispa”, una perrita que ha hecho plegando y después
coloreando una hoja de papel; este animal efímero, es fiel
reproducción, dice él, de la auténtica Chispa que yo tuve siendo
un niño, una perra negra azabache de la que le cuento historias y
aventuras cuando de noche me echo un rato junto a él antes de que se
duerma. Todo empezó cuando cansado de contarle cuentos, o más bien
casi agotado ya mi repertorio, se me ocurrió rebuscar en mi memoria
y ofrecerle las aventuras y desventuras que protagonicé o sufrí
teniendo más o menos su edad.
Al
principio me costaba sacar del profundo y confuso pozo de la memoria
las historias, me quedaba callado, él me apremiaba, pero una vez
enganchada una imagen o un breve y fugaz fragmento del pasado, todo
se desarrollaba de forma fluida, como cuando agarras la punta del
ovillo y ya sólo tiene que tirar.
La
otra noche le hablé de Chispa, le conté cómo llegó hasta
nosotros, cómo estuvo tres días y tres noches sin comer ni beber ni
dormir, llorando sin parar porque extrañaba a sus dueños, que
habían tenido que mudarse a otro país y no podía llevarla. Le
conté cómo se había convertido en un miembro más de la familia,
de qué forma absoluta y demencial nos quería a mi hermano y a mí,
cómo arrebataba con la boca la zapatilla a mi madre cuando esta nos
amenazaba por haber cometido alguna fechoría. (Eran otros tiempos,
que nadie piense que las madres de entonces no adoraban a sus hijos,
sólo hay que ver los sacrificios que fueron capaces de hacer por
ellos).
Nunca
mi madre pudo encontrar ninguna de las zapatillas que le arrebató
Chispa. Pensaría nuestra perra que haciéndolas desaparecer
eliminaba la posibilidad de que volviera a usarlas contra nosotros.
Hablando
de Chispa a mi hijo me quedé sorprendido al descubrir cuánto la
quise, y sobre todo al comprobar que aún la quiero y la llevo en mi
corazón, que de alguna forma esa perra no me ha abandonado nunca.
Pero
lo más sorprendente es que de pronto mi hijo habla de ella, la
reproduce en papel, la busca por toda la casa, triste y preocupado
por haberla perdido, y cuando por fin la encuentra, sonríe feliz. La
quiere.
miércoles, 23 de enero de 2013
AÑORADO DOBI QUE ESTÁS EN LOS CIELOS
Un
chaquetón verde colgado en la lanza fría de la mañana, en su más
agresivo y prominente promontorio. Desde ahí autopistas rápidas
hacia la risa, naricitas heladas, tizas empañadas, las tripitas
encogidas ante el rugido helado del Invierno.
Y
otra vez, sin otra razón que un fuerte impulso cuyo origen
desconozco (quizás la convicción de que de ahí salen cosas
interesantes), siento ganas de hablar, de que me hablen, de
aprovechar cualquier pequeño acontecimiento para convertirlo en
fuente de opiniones, ideas, palabras, teorías, y también -porqué
no- en algarabía y fiesta, en limpias carcajadas que nos
desintoxican, nos fortalecen, nos hermanan e igualan. Entonces
entramos en un magnético y magnífico bucle que nos conduce a un
sentimiento compartido de libertad y plenitud, todos niños formando
corro alrededor del rabo imprevisible y nervioso de las
circunstancias.
En
esas estamos cuando veo distraído a uno de mis entrañables amigos y
amigablemente le recomiendo que no se me vaya a “Los Mundos de
Yupi”, esos mundos vaporosos a los que aludía la seño Reyes
cuando eran más pequeños y habitaban en el aula de tres años. Se
ríen, siempre se ríen con esa expresión; y en mitad de ese breve
tumulto que se desata a raíz de mi llamada de atención, se deja oír
la voz de María:
“Seguro
que anda por ahí jugando y pasándolo bien con mi perrito Dobi”.
“¿Cómo
dices María?”
“Digo
maestro que los perros y las mascotas que se mueren van al cielo, y
yo creo que justo al lado del cielo están los Mundos de Yupi, y si
nuestro compañero anda por allí, seguro que se lo está pasando muy
bien jugando con Dobi, un perrito al que yo quería mucho y se
murió”.
“Vale
María, te comprendemos todos creo yo, tenemos que contarle a la seño
Reyes que hemos descubierto que los mundos de Yupi quedan muy
cerquita del cielo, justo al lado de esa parcela en la que son
felices los perros que alguna vez jugaron con los niños”.
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