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miércoles, 26 de septiembre de 2018


HUELLAS IMBORRABLES

Dice la Ñó que Ángel ha pintado con tiza en la pared-pizarra un loro, y que le ha salido muy bien. Le pido a Ángel que vuelva a pintar otra ave parlanchina y ahora Ángel, con varios trazos rápidos y una sonrisa bajo su flequillo rubio de niño travieso dibuja otro pájaro que no puede ser sino un ave zancuda, un flamenco o garza o similar.
Se anima y se va al otro extremo de la pared para dibujar con la misma simplicidad y precisión de líneas con las que pintaron los prehistóricos en las cuevas, un estimulante tucán de gran pico curvo. Finalmente después de insistirle varias veces vuelve a sus orígenes y pinta por fin otro loro.
Ángel tiene bastante de artista y es un niño despierto, lo demuestra pintando lo que le viene en gana y no lo que se le pide. Se aleja de la pared y las tizas y se dirige al grupo de compañeros que juegan junto a la cancela que da a la calle. Allí vuelve a sus encontronazos habituales con Nacho, amigo inseparable y a la vez enemigo indispensable con quien rivalizar, pelear y discutir.
No sé cómo terminaran estos dos cuando sean algo más mayores, pero seguro que no olvidarán esos momentos de la infancia en que fueron compinches y rivales y mutuamente necesarios el uno para el otro. Han reído y llorado juntos muchas veces y eso seguro que deja una huella imborrable.

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