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miércoles, 26 de septiembre de 2018


HUELLAS IMBORRABLES

Dice la Ñó que Ángel ha pintado con tiza en la pared-pizarra un loro, y que le ha salido muy bien. Le pido a Ángel que vuelva a pintar otra ave parlanchina y ahora Ángel, con varios trazos rápidos y una sonrisa bajo su flequillo rubio de niño travieso dibuja otro pájaro que no puede ser sino un ave zancuda, un flamenco o garza o similar.
Se anima y se va al otro extremo de la pared para dibujar con la misma simplicidad y precisión de líneas con las que pintaron los prehistóricos en las cuevas, un estimulante tucán de gran pico curvo. Finalmente después de insistirle varias veces vuelve a sus orígenes y pinta por fin otro loro.
Ángel tiene bastante de artista y es un niño despierto, lo demuestra pintando lo que le viene en gana y no lo que se le pide. Se aleja de la pared y las tizas y se dirige al grupo de compañeros que juegan junto a la cancela que da a la calle. Allí vuelve a sus encontronazos habituales con Nacho, amigo inseparable y a la vez enemigo indispensable con quien rivalizar, pelear y discutir.
No sé cómo terminaran estos dos cuando sean algo más mayores, pero seguro que no olvidarán esos momentos de la infancia en que fueron compinches y rivales y mutuamente necesarios el uno para el otro. Han reído y llorado juntos muchas veces y eso seguro que deja una huella imborrable.

domingo, 10 de junio de 2018

ENTRE LOCOS ANDA EL JUEGO



ENTRE LOCOS ANDA EL JUEGO

Quizás lo que de verdad ocurre con M. es que juega a desconcertarme y hace como que no reconoce las vocales, sería una forma de fastidiarme, me cuesta trabajo creer que realmente no se las sepa, una niña como ella, tan espabilada para tantas cosas...y a la vez tan teatral y obsesionada con llamar la atención, con esa facilidad suya para sorprendernos a todos, igual no es tanto llamar la atención lo que persigue, igual se limita a seguir sus impulsos, esos arranques irrefrenables que la llevan a meterse debajo de una mesa absolutamente convencida de que ya no está en la escuela, de que ya no podemos verla y por tanto queda liberada de rutinas, tareas y engorrosas obligaciones; por espacio de cinco o diez minutos vagabundea por sus fantasiosos mundos, poblados de vaya usted a saber qué misteriosos personajes y extraordinarios paisajes. La dejamos ahí tranquila, hemos entendido que ella necesita ese desahogo y no queremos contrariarla, después de todo no podemos asegurar que nuestras cotidianas rutinas sean mejor que sus escapadas imaginarias. Cuando acaba su "fuga" reaparece como si tal cosa, regresa a su sitio en su mesa y reanuda la tarea que dejó inacabada.
El otro día, después del recreo, se presentó en clase con un saltamontes que encontró en el patio y milagrosamente permanecía absolutamente quieto sobre su dedo. Creí que iba a ser difícil convencerla de que lo mejor para el bicho sería que lo soltáramos en el jardín, para que andara y saltara por allí libremente y pudiera comer pequeños insectos y plantas y fabricarse su propia casa. Si lo metíamos en una caja como ella sugirió al principio, perdería su libertad, se pondría triste y finalmente se moriría. Se mostró entusiasmada con la idea y juntos salimos al jardín y se agachó en la tierra y tuvo que empujar con su mano libre al apaciguado ortóptero, que no parecía mostrar el menor entusiasmo por abandonar su dedo.

L. lloró a la entrada porque quería una pelota que la madre no le daba. S. también se hizo el remolón, lloriqueaba sin mucha convicción, caminé con él de la mano hasta la clase y una vez allí se olvidó de lo que quiera que fuese que no le animaba a entrar. Les digo que están muy locos, como yo mismo que tampoco ando muy cuerdo, les digo que no me gustan esos adultos de gesto serio, esos tan formales que caminan muy derechitos por su sitio y llevan siempre corbata y no son muy propensos a jugar y reír con los niños. "Estás muy loco maestro". No te pases L., me gusta divertirme con vosotros pero no olvides que soy el mestro, el que manda aquí, algunos locos mandan más que otros. Y eso nunca se sabe bien dónde conduce.