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lunes, 21 de mayo de 2012

SAPOS, TIJERETAS Y ÉTICA



Uno de esos que llaman “tijeretas” o “cortapichas” (dermápteros), ascendía esta mañana, negro y muy ufano, por la cóncava y blanquísima superficie del lavabo. Abrí el grifo y el agua lo arrastró por el desagüe y puedo jurar que no hubo protesta por su parte ni lamento por la mía.

Luego, en clase, escuchamos la canción de la S, reconocemos el sonido S, descubrimos y escribimos en la pizarra palabras que tienen S. Como sapo. Ezequiel comenta que él un día, en el campo, mató un sapo, y yo le digo a él y a todos los demás que no tenemos que matar a los animales, ni siquiera a los sapos, ni a los saltamontes, ni a los escarabajos...

¿Y a los mosquitos en verano maestro? Eh...bueno, eso es otra cosa.

Interviene entonces Nacho para recordarnos que ahora estamos en primavera, y es en primavera cuando las hembras tienen sus crías, y no debemos molestar ni a las crías ni a las madres.

Dices muy bien Nacho, se nota que tu papá es veterinario, seguro que te cuenta muchas cosas sobre los animales, pero te digo algo más, a mi no me gusta que se maten animales ni siquiera cuando no es primavera, tampoco me gusta que se maten en otoño o en invierno. En verano creo que es lícito matar moscas y mosquitos y algunas que otras sabandijas, pero tampoco estoy muy seguro, las moscas sirven de alimento a pájaros y pequeños roedores...

Por mi parte debo hacer acto de contrición y reconocer que fue mi mano la que empujó a la tijeretilla al abismo insondable del desagüe.

sábado, 12 de mayo de 2012




Poco antes del mediodía Diana se pilló un dedito con las argollas del archivador; se acercó a mi mesa llorando inconsolable, enseñándome la mano, pero yo no conseguía ver el lugar exacto donde se había hecho daño, tenía toda la manita manchada de tinta de rotulador. La consolé como pude y regañé a Abel, que finalmente resultó ser el causante del incidente y que repetía una y otra vez que había cerrado las argollas sin querer. Eso es algo que no se hace sin querer, le dije, y como Diana no dejaba de llorar y me sentía afligido por su dolor, le mandé al rincón sin pensarlo mucho. Ahora, a toro pasado vuelvo a considerarlo y es posible que Abel únicamente pretendiera ayudar a su compañera, a veces esas argollas son verdaderamente duras de cerrar. Pero ni ella dijo nada, ni él intentó justificarse. A veces los niños simplemente admiten lo que pensamos los adultos, quizá porque piensan que nuestra versión debe ser más plausible y verdadera que la que ellos mismos puedan darnos, aunque sea precisamente esa versión la que más se ajuste a la realidad. Mañana hablaré con Abel y Diana, a ver si ya más tranquilos todos averiguamos lo que realmente pasó, si es que pasó algo distinto de un simple y descontrolado impulso por parte de Abel.


Me acuerdo muchas veces de aquella “pedagogía de la mercromina” de la que hablaba una maestra que vino a nuestro colegio a darnos una muy interesante charla: no hay mejor comunicación con un niño que la que nos ofrece la posibilidad de ofrecerle consuelo y alivio cuando sufre algún pequeño percance en sus juegos de patio o en el interior del aula. A veces basta con agacharse para examinar el pequeño rasguño, en ponerle un poquito de agua en ese brazo que dice que le duele, en sentarnos junto a ellos un ratito asegurándoles que pronto pasará el malestar, incluso hacerles algo de esa buena magia en la que ellos creen tan fácilmente.
Claro, que cuando consuelas a uno, tienes que asumir que después vendrán unos cuantos más contándote sus males y exigiendo a su vez sin decirlo otra ración de “pedagogía de la mercromina”