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jueves, 24 de noviembre de 2011

SENTIR, ASUMIR, COMPRENDER, LUCHAR




Estos días hemos estado hablando de cosas que nos hacen sentir tristes; hemos podido comprobar que por desgracia todos los días y por todas partes ocurren cosas que no nos gustan, que nos disgustan, que no nos parecen buenas ni convenientes. Todo surgió a partir de la lectura de un libro titulado "¿Por qué estás triste?". El libro nos cuenta montones de hechos y situaciones que ocurren a niños de diversos países y que les hacen invariablemente sentirse tristes: tristes por la caza brutal de focas, por la polución en las grandes ciudades, por la separación de los padres, por la soledad, por tener que dejar sus pueblos para ir a otros lugares...
En primer lugar hemos estado de acuerdo en que no siempre podemos estar contentos, y en que no todo cuanto nos ocurre puede ser bueno, quizá incluso está bien que así sea: ¿qué pasaría si todo el tiempo estuviéramos comiendo aquello que más nos gusta, si todo el tiempo estuviéramos jugando, si todo el tiempo mamá y papá estuvieran a nuestro lado? Pues nuestro plato preferido empezaría a no resultarnos tan bueno, el juego ya no sería tan divertido, la ilusión de reencontrarnos con papá y mamá después de una jornada de trabajo no sería tan intensa ni maravillosa. Y por otra parte si todo en la vida es fácil y a nuestro gusto, ¿cómo vamos a llegar a ser personas maduras, capaces de valorar las cosas y luchar por aquello que vale la pena? No está nada mal que seamos capaces de sentir de diversas maneras, de reconocer lo que nos ocurre, lo que sentimos, aunque estos sentimientos nos hagan daño y nos causen pena. Aceptar que a veces vamos a estar apesadumbrados es fundamental, de la misma manera que aceptar que la vida no es completamente rosa sino que está hecha de buenos y malos momentos.
Lo que a continuación descubrimos, también me parece muy importante: si lo malo que ocurre a otros o a nosotros mismos no nos afecta, ni nos pone tristes, ¿qué clase de personas somos? A veces estar tristes por determinadas cosas es la mejor respuesta que podemos dar, porque ese es el primer paso para ser solidarios, para conmovernos, para poner nuestros corazones al lado de otros corazones que sufren.
Y finalmente, la más importante conclusión a la que hemos llegado: si estoy triste porque sin ninguna piedad matan a miles de focas, voy a luchar para que eso no siga ocurriendo, voy a luchar para que las ciudades estén más limpias, para que la guerra y el hambre desaparezcan de la faz de la tierra, por cambiar este mundo en el que nos ha tocado vivir en la medida de mis posibilidades.
Y si no puedo cambiar ni luchar contra determinadas cosas, voy a tratar de cambiar otras que sí que están a mi alcance: voy a intentar cambiarme a mi mismo, voy a intentar ser feliz y ser bueno a pesar de todo, contra viento y marea, voy a intentar ayudar a mis amigos y familiares y a toda persona que demande o necesite mi ayuda.

jueves, 10 de noviembre de 2011

CLARO DE LUNA

Recién llegados del patio, algo cansados, pero todavía con esa inercia del tiempo pasado corriendo, saltando, jugando en el arenero o con las ruedas o a la pelota, o simplemente dejando que esos cuerpos menudos y elásticos y plenos de energía traten de seguir los dictados de una imaginación inasequible al desaliento.
Ya en clase apagamos las luces, bajamos las persianas, ocupamos nuestros sitios, cruzamos los brazos sobre la mesa y apoyamos las cabecitas sobre los brazos. Dice el maestro que a continuación, queridos niños y niñas, querido público, vamos a escuchar una música muy tranquila y es posible que un poquito triste, pero al mismo tiempo muy bella.
Y a continuación el maestro inventa que andaba por aquellos días Beethoven muy enamorado, tanto y tan intensamente que dio en salir por las noches a dar largos paseos por el parque mientras pensaba en su amada. Una de esas noches, se sentó un momento Beethoven a descansar en un banco, miró el cielo y lo vio encapotado, oscuro, trágico. De esa misma manera sentía él su alma cuando ella no estaba. Pero de pronto las nubes se abrieron y apareció una enorme luna blanca, tan redonda y completa y feliz como esa misma alma suya cuando su amada le acompañaba. Fue entonces cuando el genial músico creó en su cabeza las notas que forman esta música que ahora vamos a escuchar : "Claro de Luna".
Cuando Beethoven regresó a su casa esa noche, se sentó al piano y tocó la música que ya estaba en su cabeza. Vio que era buena y le gustó, y estuvo seguro de que también le gustaría a su amada y a los niños de esta clase de Infantil del colegio Cervantes.
Suenan las notas de "El claro de luna" y ellos permanecen muy tranquilos hasta que la composición termina. A esto llamamos relajación, pero yo estoy convencido de que es algo más que eso: imaginación, sensibilidad, amor a las cosas bellas.