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lunes, 19 de noviembre de 2012

SEÑOR SEGURA




El presente escrito es una colaboración para el proyecto de Homenaje al Maestro que prepara nuestra querida amiga Pilar Begoña, autora del blog "El hada de los cuentos", cuya visita desde aquí recomendamos.

Señor Segura
“Hubo un emperador Máximo que murió degollado”. Lo decía asentado en su imponente presencia, con esa voz poderosa y profunda que parecía haberle prestado el mismísimo Zeus, colocando el puntero sobre mi frente mientras me miraba serio desde esa considerable altura que no era solamente la distancia entre sus pies y su noble cabeza, sino mucho más, la altura humana que le proporcionaba su vasta cultura, sus sólidos principios, su exquisita sensibilidad.
Bastaba que alguien asomado al pasillo anunciara que venía el Señor Segura para que de inmediato todos permaneciéramos clavados en nuestros asientos, en absoluto silencio, sabedores todos de que él no era un profesor como cualquier otro, con él estábamos condenados a prestar la máxima atención, no porque nos obligara con amenazas o castigos -nunca tuvo necesidad de castigar a un alumno- sino porque ejercía sobre nosotros una suerte de poder hipnótico, porque su discurso poderoso y mágico nos atrapaba y nos impedía cualquier otra cosa que no fuera caer irremisiblemente en el hechizo de sus palabras.
Yo no sería quien soy sin la decisiva influencia en un momento crucial de mi vida de aquel catedrático de Geografía e Historia, aquel hombre de anchos hombros que solía vestir traje oscuro y gabardina, de una cierta feroz apariencia que se desvanecía rápidamente en cuanto reparabas en su limpia mirada y sus afán incansable por transmitir y comunicar su inmenso saber, su concepción humanista de la vida, su confianza en las aspiraciones de los jóvenes a los que educaba. Él guió nuestras primeras lecturas, nos transmitió su gusto por los libros y la buena literatura (mucho mejor que el profesor de la asignatura, que todo el tiempo nos hablaba de épocas, cánones y clasificaciones); lo hacía con tal poder de evocación y convicción que a mi me resultaba imposible no acudir a la Biblioteca Pública para buscar y solicitar en préstamo los libros que contenían aquellas historias que nos servía en bandeja aquel excelente maestro, aquel hombre que manejaba las palabras como si fueran dardos que iban directos al centro de nuestros sentimientos.
Nunca se preocupó demasiado por fechas y datos que en cualquier momento se pueden consultar en un libro, prefería que tuviéramos la capacidad de emocionarnos y conmovernos ante la contemplación de “El galo herido” o “La Victoria de Samotracia” o cualquier otra obra de arte.
“No me engañas” escribió con lápiz rojo en uno de los exámenes que hice con él; yo apenas había estudiado y traté de rellenar dos o tres folios exprimiendo algunas nociones que recordaba, estableciendo arriesgados paralelismos y deducciones por mi cuenta y riesgo. Y sin embargo eso era precisamente lo que quería de nosotros, que no nos limitáramos a repetir mecánicamente información, que fuéramos capaces de pensar por nosotros mismos, de opinar, de analizar. Me asombra que ahora, cuarenta y siete años después los teóricos de la educación llenen páginas de ensayos y estudios sobre lo que mi querido Señor Segura practicaba de forma tan natural. Me puso una buena nota en aquel examen, y luego me dijo que tenía que estudiar más, pero que no dejara nunca de dejar volar mi pensamiento: a veces es el mejor camino para saber lo que realmente pasó o está pasando.
Hasta cuando nos reprendía aprovechaba la ocasión para transmitirnos alguna enseñanza: “Hubo un emperador Máximo que murió degollado”, “Isabel no te creas Elizabeth, aquella reina de Inglaterra a la que no le tembló el pulso”, “Don Julio, debería usted pedir a los dioses que le concedieran una pizca de la imaginación que tuvo aquel tocayo suyo, de apellido Verne..." y así sucesivamente, utilizando nuestros nombres y la reprimenda para colocar bajo el foco de nuestra atención a las grandes figuras de la Historia y la Literatura.
Él nos instó a leer Sinuhé el Egipcio, Ivanhoe, Los últimos días de Pompeya...para que aprendiéramos Historia; Los hijos del capitán Grant, La vuelta a mundo en ochenta días, e innumerables libros de aventuras y viajes para que aprendiéramos Geografía, aunque nunca fue partidario de compartimentar saberes, ya que era un humanista convencido y practicante, y no le cabía ninguna duda acerca de la interrelación y dependencia de todas aquellas parcelas que la escuela y los métodos de estudio se empeñaban en mantener bajo la denominación de asignaturas.
Y no sólo nos inculcó el gusto por los libros, la pintura y la escultura, también consiguió que nos interesáramos por la música clásica: acudía desinteresadamente los sábados al Instituto, donde en una de sus aulas nos juntábamos un puñado de alumnos y alumnas que habíamos comprendido que pasar un par de horas con aquel hombre sabio y bueno era de lo mejor que podíamos hacer con nuestro tiempo libre; aparecía con un puñados de discos del prestigioso sello Deutsche Grammophon, y antes de ponerlos nos embelesaba con descripciones y presentaciones tan certeras y bellas como la música que a continuación escuchábamos, intuyendo asombrados que algo sagrado y sublime latía en aquellas notas inmortales.
Amo la Música, la Literatura, el Arte...Los principios y la ética y la estética han sido pilares fundamentales en mi vida. Amo esta profesión mía de maestro que no es otra cosa que inculcar en los demás lo mismo que mi querido Señor Segura inculcó en lo más hondo de mi espíritu. 

martes, 6 de noviembre de 2012

PEQUEÑOS FRENTE A GRANDOTES



Leo con Pablo un cuento, uno de esos que le proporcionan en la escuela para que lo traiga a casa y tras leerlo rellene unos datos en un papel y haga un resumen y un dibujo; el cuento trata de un muchacho muy pequeño que vive con su familia en un castillo, algo así como una reencarnación de Pulgarcito. Se cuela por un boquete tras una rata y acaba descubriendo la ciudad de las ratas; éstas le hacen prisionero y le encierran en una sombría celda. Llega a sus oídos la noticia de una carrera que se celebrará en breve. Pide al rey participar y éste accede. Gana la carrera, cuyo primer premio es reinar por un día y de esa forma gana también su libertad, pudiendo regresar al castillo en el que reside su familia.
Yo creo que el autor de éste cuento no se ha molestado mucho en inventar una historia original, suponiendo que a estas alturas alguien pueda inventar una historia no contada antes de una u otra manera; creo que su héroe está basado evidentemente en la figura de Pulgarcito y sigue el esquema de tantos y tantos cuentos infantiles, un esquema simple pero efectivo y atrayente para la mentalidad de los niños: el protagonista ya de entrada presenta un hándicap, en este caso físico, y sufre por ello burlas y bromas de los que le rodean, pero podemos intuir y finalmente comprobar que su grandeza de ánimo y corazón le permitirán superar las pruebas a las que le somete el destino, ganándose finalmente la admiración y el respeto de todos, y aportando muchas veces la solución a un problema que no era sólo suyo sino de toda su familia o de la comunidad en la que vive. El héroe en este caso no es alto, fuerte y guapo, sino más bien desfavorecido por una genética algo cruel. Hay quizás, ahora que lo pienso, una tendencia a reivindicar los valores de los seres pequeños de estatura en la literatura infantil, algo por otra parte nada extraño si pensamos que va dirigida a gente menuda. Coinciden estos seres pequeños en sus peripecias con otros seres grandes, altos, fuertes, crueles y tontos, que inexorablemente serán burlados y vencidos por los pequeños. ¿No serán estos grandotes torpes y aguafiestas un claro reflejo de cómo ven muchos niños a los adultos con los que conviven? Es muy posible, motivos desde luego no les faltan.

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